NICOLÁS STENO: VIAJE DE LA CIENCIA A LA FE.
Durante los días posteriores al Covid, tuve un susto considerable. Una mañana, me desperté con un bulto enorme en la parte trasera de la mandíbula superior derecha. Como había tenido una infección del virus unas semanas antes y como por aquellos días todos estábamos bastante afectados por la hipocondría, fui al médico con “más miedo que siete viejas”. Un análisis reveló lo que el doctor llamó varias “infecciones postcovid”: además de una parotiditis, tenía prostatitis y pancreatitis. Tantas “itis” juntas dieron alas al miedo, que se materializó en forma de ave oscura merodeando por los cielos sobre el centro médico donde me encontraba. Por suerte, otros análisis y pruebas más detallados realizados posteriormente revelaron que la prostatitis era simplemente una imagen ecográfica bastante común en hombres de mi edad. La pancreatitis fue un mal diagnóstico debido a una pequeña y transitoria alteración de la lipasa causada, precisamente, por la parotiditis. Y esta, lejos de ser una infección viral, se debía a una obstrucción del conducto salival, conocido como “conducto de Steno”. Desde entonces, he tenido un par de episodios de obstrucción en este conducto. El tratamiento implica tomar antibióticos para prevenir infecciones causadas por la saliva retenida. Además, se recomienda masajear la glándula y el conducto con fuerza para desatascarlo. Para estimular la producción y el flujo de saliva, se sugiere masticar chicle, comer caramelos ácidos y aplicar calor local.
Mi curiosidad me llevó al nombre del conducto: “Steno” o “Stensen”. Como suele ocurrir cuando se navega por este mar infinito que es internet, lo que empezó siendo la semilla de una búsqueda fue creciendo, ramificándose… Así descubrí a este fascinante personaje del siglo XVII: Nicolás Steno, médico, científico y… santo.
Nació en 1638 en el seno de una familia religiosa (su padre era pastor luterano). A los 18 años, comenzó sus estudios de Medicina en la Universidad de Copenhague. En la universidad, fue alumno de Thomas Bartholin, un renombrado médico perteneciente a una notable dinastía de anatomistas (él mismo descubrió el sistema linfático). Bartholin despertó en él la curiosidad que debe poseer todo científico y, particularmente, el interés por la anatomía. En aquella época, el interior del cuerpo humano ocultaba muchos secretos para la ciencia, los prejuicios religiosos y otros factores habían impedido en gran medida su estudio científico detallado. Casi todo estaba por descubrir, lo que resultaba un aliciente para la joven mente despierta y ávida de sabiduría de Steno. Como él mismo dijo: “Lo que vemos es bonito, y más bello todavía es lo que percibimos; pero lo verdaderamente hermoso es lo que ignoramos”.
En 1659, Steno, con la recomendación y el apoyo económico de Bertholin, viajó por Alemania y Holanda, donde conoció a varios científicos de la época. No quiero extenderme en los detalles de su biografía, pero permitidme que me detenga en dos episodios destacados. En Ámsterdam, se hospedó en casa de Gerardus Blasius, un amigo de su mentor Bartholin, también médico y anatomista. Allí, durante unas prácticas de disección sobre la cabeza de un cordero, Steno descubrió los conductos de las glándulas parótidas que hoy llevan su nombre. Blasius, como desgraciadamente han hecho muchos profesores a lo largo de la historia, intentó atribuirse el mérito del descubrimiento de Steno. Sin embargo, cuando Blasius se presentó ante la Cátedra de Anatomía de la universidad para describir este conducto, no pudo hacerlo con precisión y exactitud, exponiendo así su propia incompetencia. Es posible que el trabajo de Steno no haya sido el único mérito ajeno que Blasius intentó atribuirse.
Otro famoso capítulo de la vida de Steno ocurrió en 1664, en París. Según Descartes (que había fallecido unos años atrás) el cuerpo funciona como una máquina dual y compleja: por una parte músculos, nervios y órganos operan mediante mecanismos físicos y mecánicos, mientras que, por otra, el alma controla el cuerpo desde la glándula pineal. Stenon desmontó fácilmente esta idea sin fundamento, demostrando durante una disección en público que la glándula está fija e inmóvil, sin conexión mecánica con ninguna parte del cuerpo. Aunque no cuestionó la existencia del alma, sí criticó el método cartesiano, defendiendo que la anatomía debe preceder a la teoría y, en definitia, que se debe abordar el estudio de la naturaleza desde una óptica empírica antes que filosófica.
Al año siguiente, se trasladó a Florencia para unirse a una institución llamada Accademia del Cimento (“Academia Experimental”), fundada por algunos alumnos de Galileo y financiada por la familia Medici (el cardenal Leopoldo y el Gran Duque de Toscana, Fernando II). Esta institución, que promovía la experimentación rigurosa y el empirismo, sentó las bases del moderno método científico. Y es aquí donde realmente comienza lo curioso de nuestra historia.
En octubre de 1666, unos pescadores capturaron un tiburón de
grandes dimensiones frente a la costa de Livorno, en la Toscana. La noticia de esta inusual captura llegó rápidamente a Florencia, espoleando la curiosidad del Gran Duque, quien ordenó el traslado del cuerpo del animal a su Accademia florentina para su estudio. Sin embargo, debido al peso excesivo y al desagradable olor a putrefacción que emanaba, solo la cabeza llegó a Florencia. Una vez allí, el Duque encargó a Nicolás Steno una disección meticulosa. Los resultados de este análisis se publicaron en un trabajo titulado Elementorum myologiae specimen (1667), que incluía varios grabados, entre ellos uno muy famoso y ampliamente difundido. Steno se dio cuenta de que los dientes del tiburón eran iguales a las glossopetrae, de las que ya le había hablado su maestro Bartholin. Se trataba de unas misteriosas piedras triangulares, conocidas desde antiguo, que los romanos llamaron así por su aspecto (“piedras lengua”). Plinio el Viejo dice de ellas “La Glossopetra, similar a la lengua del hombre, no nace de la tierra, se dice que cae del cielo durante los eclipses de la luna, es necesaria en la selenomancia, y la alcahuetería donde la vanidad de la promesa hace que se crea” . Las “piedras lengua” abrieron la mente de Steno a un nuevo campo de estudio, la Palenotología y la Geología (que no existían como tales entonces, por lo que muchos lo consideran “el padre” de estas disciplinas). Cada vez más interesado por ellas, acabó abandonando la anatomía y la medicina, para dedicarse por completo a los estudios geológicos.
En 1669, publicó “De solido intra solidum naturaliter contento dissertatiois prodromus”, que se traduce como “Prólogo a una disertación sobre un sólido contenido naturalmente dentro de otro sólido”. Esta obra, conocida abreviadamente como el “Prodromo”, era una introducción al estudio de fósiles y “cuerpos sólidos”, como conchas y dientes, que se encuentran incrustados en las rocas. Considerada por muchos como un texto fundacional de la Geología moderna, especialmente de la Estratigrafía, en ella Steno planteó tres postulados fundamentales.
- Principio de superposición: En una secuencia de capas sedimentarias, los estratos inferiores son más antiguos que los superiores, ya que se depositaron primero.
- Principio de horizontalidad original: Los sedimentos se depositan inicialmente en capas horizontales, por lo que cualquier inclinación actual indica movimientos posteriores (anticipó la tectónica).
- Principio de continuidad lateral: Las capas sedimentarias se extienden lateralmente de forma continua, y lo que hoy está separado por un valle o erosión fue originalmente una sola capa continua.
Indiscutiblemente, la creación de grandes macizos sedimentarios, los plegamientos, los lentos procesos erosivos y la evidencia de fósiles en estratos antiguos requería de un dilatado periodo de tiempo que podía entrar en conflicto con la cronología bíblica, según la cual la antigüedad de la Tierra no iba más allá de unos pocos miles de años. Steno quiso conciliar ambas cronologías, como se desprende de estas palabras escritas en la introducción del Prodromo: “La cuarta parte [de este libro] describe varios aspectos de la Toscana no tratados por los historiadores ni por los que han escrito libros sobre cosas de la naturaleza; y se propone en ella que debió acontecer una especie de diluvio universal que no se considera contradictorio con las leyes de los cambios naturales.”
Yo imagino a un Steno en lucha con sus propias ideas, quien sabe si él mismo creería en esta compatibilidad cronológica en la que, sin embargo, quería creer. Tal vez en esa lucha interior fue la fe quien se impuso a la evidencia pues Steno abrazó el catolicismo, fen 1675 ue ordenado sacerdote y pasó el resto de su vida entregado a labores misioneras, llevando el evangelio a las tierras luteranas del Báltico. Falleció en 1686 y su cuerpo reposa en la iglesia de San Lorenzo, en Florencia. Fue beatificado, ya en el siglo XX, por Juan Pablo II, en 1988.
De él dijo Leibniz lo que puede ser un triste epitafio: “Con él se perdió un gran científico, pero se ganó un mediocre teólogo”.






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